top of page

La conversación que no tuve

  • Foto del escritor: Leandro Gómez
    Leandro Gómez
  • 17 abr
  • 2 min de lectura

Hace unas semanas me di cuenta de algo incómodo.

Había una conversación que necesitaba tener. Con alguien cercano, en el plano profesional. Una conversación que no era dramática ni complicada, pero que yo venía postergando.

¿Por qué?

Porque implicaba decir algo que no sabía cómo iba a caer. Y en lugar de animarme, fui eligiendo el silencio. Un día. Una semana. Hasta que el tema dejó de ser pequeño y se convirtió en algo pesado.

Y ahí apareció algo interesante: me empecé a enojar con la otra persona.

Como si ella fuera responsable de lo que yo no había dicho.

Eso me detuvo. Porque en el Coaching Ontológico hay una distinción que uso mucho con mis clientes y que en ese momento se me vino con toda su fuerza: el observador que somos determina las acciones que tomamos... y las que no tomamos.

Yo me había convertido en un observador que veía esa conversación como una amenaza. Y desde ahí, la única acción posible era esquivarla.

El problema no era la conversación. Era el lugar desde donde yo la miraba.

Cuando pude verlo, algo se aflojó. No desaparecieron los nervios, pero ya no me paralicé. Tuve la conversación. Fue más simple de lo que imaginé. Y lo que quedó después no fue alivio... fue algo más parecido al respeto propio.

Evitar no protege. Solo acumula.

La conversación que postergás no desaparece. Vive en vos, toma forma de tensión, de distancia, de relatos que construís sobre el otro para no tener que mirarte a vos.

Si hay algo que estás evitando decir, te pregunto: ¿Qué observador tenés puesto para que esa conversación parezca imposible?

Esa pregunta, a veces, lo cambia todo.

Si esa conversación postergada tiene que ver con tu vida profesional o personal y querés explorarla con acompañamiento, podemos trabajarlo juntos. Escribime o reservá una sesión de claridad gratuita.

 
 
 

Comentarios


bottom of page